El último cura de la procesión

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

La Itzulia se venía disputando por unas carreteras desde el lunes y ayer se corrió por otras. Es impresionante cómo una carrera puede dar un giro tan radical. Paraíso de los ciclistas de segunda línea hasta Arrate, la última etapa solo fue apta para los grandes nombres. Resultó inalcanzable para el resto, incluido el Bora, que había manejado a su antojo la vuelta durante toda la semana y que ayer tuvo que ceder ante el empuje de un quinteto de alto rango. Dice el refrán que la procesión no termina hasta que pasa el último cura. La sabiduría popular no da puntada sin hilo. Peligroso, el último cura. Lo sabía bien el personal, vaya que sí. De los Schachmann y Buchmann se pasó de golpe a los Izagirre, Yates, Martin, Fuglsang y Pogacar. A falta de un cura, cinco. Y qué cinco.

Y lo que había sido una Itzulia nostálgica, húerfana de los grandes nombres, esparcidos por el suelo por las caídas, se convirtió en otra de primera categoría. Lo que había sido un desafío al orden establecido volvió a ser el régimen sometido a la autoridad del más fuerte, el Astana, que se prometía desde la salida. El potencial infinito del equipo kazajo debía gobernar la Itzulia pero lo hacía el Bora. El Astana impuso el orden el último día, a la tremenda.

Es lo que tienen las grandes carreras, eso intangible en lo que radica su grandeza. Es el peso específico. No admiten a cualquiera en su palmarés, una dureza que ayer sufrió en sus carnes Buchmann. No pudo seguir a los mejores en Azurki, un puerto a su alcance, y luego, cuando ya había perdido la Itzulia, protagonizó una persecución monumental. Con una reacción rutinaria en Azurki le habría bastado, pero no pudo. ¿Cómo se explica? Esa es la grandeza del deporte. Nada es imposible. Incluso que esta Itzulia la acaben ganando las figuras.