La ciudad sin nombre

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Gorka y Ion Izagirre van a lucir en la Itzulia un maillot que anuncia algo que no existe. Astana ha desaparecido de los mapas. La capital de Kazajistán se llama ahora Nursultán, en honor al único presidente que tuvo el país desde su separación de la Unión Soviética en 1991 hasta su dimisión hace quince días.

De la nada

El patrocinio de Astana sirve para ilustrar cómo funciona el World Tour, con equipos que son verdaderas plataformas de país, colosales herramientas publicitarias. Astana, ahora Nursultán, es una ciudad levantada en mitad de la nada. Fue designada capital en 1997, en vez de Almaty, cuando era poco más que un puesto militar remoto. Sus virtudes (40 grados bajo cero en invierno) tampoco habían pasado desapercibidas para Stalin, que instaló allí uno de sus gulags. Es decir, era un folio en blanco para hacer cualquier cosa y la megalomanía de Nursultán Nazarbáyev, que así se llama el expresidente, se plasmó en su máxima expresión. Hoy roza el millón de habitantes y de la lista de arquitectos estrellas a nivel mundial no falta ni uno. El dinero sale de los recursos minerales y el petróleo.

Despliegue de medios

El manager del equipo es Alexander Vinokurov, campeón olímpico en 2012 y auténtica celebridad en el país. El equipo bebe de las mismas fuentes que la ciudad que le da nombre, el despliegue de medios y la exuberancia. Tampoco reparan en gastos otras estructuras que siguen el mismo patrón, como el Emirates o el Bahrain, directamente financiados por países, o formaciones del tipo Sky o Movistar, que bajo patrocinios privados son equipos de bandera, como antes Katusha, los Lottos o FDJ. Competir en esa liga resulta muy complicado para los equipos tradicionales. Un gigante como el Quick-Step, líder de victorias en 2018, sufrió hasta el límite antes de poder atar a Deceuninck, por no hablar de lo que le pasó al Cannondale para seguir en el World Tour como un modesto bajo el nombre de Education First.

No solo el ciclismo

La cercanía de la Itzulia y el contraste de estos equipos con formaciones como el Euskadi-Murias, que lucha contra gigantes con gran valor pero pocos medios, obligan a fijarse en lo que sucede en el ciclismo, pero no es un problema exclusivo. Los planes de los grandes clubes de fútbol y de los organismos que rigen ese deporte a nivel internacional hablan de una realidad muy parecida. Los muy grandes quieren todo el pastel y achican el espacio al resto, hasta ahogarles. En la Itzulia habrá algún corredor que gana más dinero que todo un equipo modesto. Pasa lo mismo con la Euroliga de baloncesto y hace tiempo que la Champions de balonmano mató a las ligas. Es un fenómeno general dirigido a un objetivo: el deporte moderno se juega en la tele. La afición vasca está dispuesta a rebelarse contra ese triste destino. La próxima semana llenará las cunetas de las carreteras. El deporte, a un palmo de distancia de los campeones. Sin importar el maillot. Sin importar que una ciudad ya no exista.