Vuelta al País Vasco

Alaphilippe regresa a su jardín

Alaphilippe gana la Milán-San Remo./AFP
Alaphilippe gana la Milán-San Remo. / AFP

El francés se reencontrará en la Vuelta al País Vasco con las carreteras vascas, donde hizo despegar su carrera

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

«No he alcanzado mis límites». Julian Alaphilippe (Deceuninck) acaba de ganar la Milán-San Remo, pero sentado junto al mar Mediterráneo dice que quiere más. Ha conseguido un triunfo mayor y lo ha hecho con estilo, rompiendo la carrera, manejando la situación y rematando con clase en el sprint. ¿Cómo se hace algo así? «Con la rabia que tengo en el corazón y en la cabeza».

El hombre de moda del ciclismo mundial, de 26 años, estará en la línea de salida de la Itzulia, el lunes en Zumarraga. Hasta ahora, ha ganado en todas las carreras que ha corrido esta temporada: Vuelta a San Juan (una etapa), Tour Colombia (una etapa), Strade Bianche, Tirreno-Adriático (dos etapas) y Milán-Remo. Para empezar, la crono de La Antigua le puede venir como anillo al dedo, con esos porcentajes imposibles ideales para un corredor tan explosivo como él (ganó la crono en Argentina).

Alaphilippe volverá la semana que viene a su jardín, las carreteras vascas. En la Vuelta al País Vasco hizo despegar su temporada 2018, la mejor de su carrera con doce triunfos. Ganó las dos primeras etapas, en Zarautz y Bermeo, con dos recitales de puro ciclismo espectáculo. Fue líder. Tras la Vuelta al País Vasco llegaron más victorias grandes, como Flecha Valona y dos etapas del Tour de Francia. Remató la faena con el triunfo en la Clásica de San Sebastián.

Este año es la gran figura del pelotón, categoría confirmada con su triunfo en la 'classicissima'. Se considera un corredor «más maduro. Siento la presión, sí, pero me distancio de ella lo más que puedo. Ver que dos corredores como Stybar y Gilbert trabajaron para mí en el Poggio reforzó mi confianza. No podía perder la oportunidad. Tenía el equipo, las piernas y la cabeza».

El año pasado ganó dos etapas de la Vuelta al País Vasco y la Clásica de San Sebastián

No oculta que su evolución como ciclista ha sido grande el último año. «La Milán-San Remo no es la mejor clásica para mí, y me centré en no ponerme nervioso y en economizar energía protegido por mis compañeros. He aprendido mucho de mis errores del pasado, que me hicieron perder carreras».

«Es de otro planeta»

Su director en el Deceuninck Brian Holm asegura que Alaphilippe «es de otro planeta». En el ciclismo francés, lo es. Nació en Saint-Amand-Montrond, el centro exacto de Francia, país donde el ciclismo es un asunto que se dirime en las periferias: Bretaña, Normandía, Norte, Rhône Alpes, Sud Oeste... Creció por debajo del radar de las potentísimas estructuras de cantera galas, pero en 2010 se proclamó subcampeón del mundo júnior de ciclo-cross.

Pese al triunfo, se sabía que había tenido problemas de rodilla y los equipos clásicos no le quisieron. Ese año ganó una carrera en homenaje al cantante Serge Gainsbourg, monumento de la cultura popular francesa. No sabía quién era, pero el organizador le dijo: «Tu padre, sí». Jacques Alaphilippe fue integrante de un orquesta que triunfaba en los bailes de los pueblos del centro de Francia, tan lejos de los lugares que cuentan.

Así que la opinión de Holm, «viene de otro planeta», no va tan desencaminada. Al talento no se le pueden poner puertas y acabó recalando en el filial del Quick-Step. Debutó en profesionales en 2014 y se mantiene en esa estructura.

El padre de Alaphilippe tocó una vez con Johnny Hallyday, pero el triunfo de su hijo no fue flor de un día. De familia humilde, se unió al equipo belga porque fue el único que le extendió un contrato en serio. El FDJ le quería para que se foguease en un equipo amateur. En 2015 se presentó en el gran mundo con su segunda plaza en la Flecha Valona, tras Alejandro Valverde. Antes se había mostrado a los profesionales. Ganó una etapa del Tour de l'Ain en 2014 y Mark Cavendish anunció: «Es el nacimiento de un campeón».

Los datos

Siete victorias
Ha sumado Alaphilippe en 2019, en 22 días de competición. Un 'monumento', una clásica, cuatro etapas en línea y una contrarreloj.
El 28% del total
El francés tiene 25 triunfos en su palmarés profesional, de los que siete han llegado esta temporada.
Doce triunfos
Es su récord en una campaña. Los consiguió en 2018. El 48% del total.

Dueño de un repertorio infinito, a Alaphilippe le ha costado ganarse el cartel de figura en su país. Quizá por haber transitado las carreteras secundarias del ciclismo galo y correr en Bélgica, hace un año cuando ganó dos etapas en la Itzulia los cronistas del Hexágono le discutían la categoría de figura. «Es muy bueno», rebajaban.

Lo que le elevó a lo más alto del pedestal fue su victoria en la Flecha Valona del año pasado, cuando derrotó a Valverde en un mano a mano académico, y selló el relevo generacional. Claro que el viejo campeón aún guardaba para su joven sucesor una última lección: el Mundial. Valverde desarboló a Alaphilippe con maestría. El francés parece haber sacado provecho a la enseñanza y ya tiene el primer 'monumento' en su palmarés.

Estilo musical

Su ciclismo es musical, tiene ritmo, engancha. Sus exhibiciones en Orio, Bermeo y la Clásica de Donostia aún resuenan. Alaphilippe posee un dominio de la escena solo comparable al de Peter Sagan (Bora).

Tiene un estilo de correr agresivo, muy francés, pero ha ido moldeando ese carácter. Muy ofensivo, siempre se le han visto grandes condiciones, pero a veces fallaba a la hora de encarrilar bien los esfuerzos. «Eso me costaba derrotas», reconoce, pero ahora falla muy poco. En el Tour del año pasado salió a cazar etapas y se llevó dos. Este año ha disputado cinco carreras (tres vueltas) y ha ganado en todas.

Su ciclismo espectacular y su expresividad hablan de un corredor festivo, pero es conocido por sus terribles entrenamientos a las órdenes de su primo Franck. Soporta cargas extremas, que luego explota en competición.

Hace un año, tras ganar en Orio y en Bermeo no se enfrascó en la lucha por la victoria final, que fue para Primoz Roglic. El lunes regresa a las carreteras vascas. Es el hombre de moda, un espectáculo. Uno que es capaz de cualquier cosa. La afición vasca se frota las manos. Con razón.

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